04/04/26

Sin Permiso: El Mito del Derecho de Vía.

En Panamá, la calle no se comparte: se pelea.
El peatón pone un pie en la calle y asume que el carro frenará. El conductor ve a alguien intentando cruzar y asume que se quitará. Ambos asumen tener prioridad. Ambos se enfurecen. Y muchas veces ambos juegan a lo mismo: a que el otro ceda primero.

La ley, de hecho, es bastante menos emocional que la calle. El peatón debe obedecer las señales y cruzar por esquinas, líneas de seguridad, semáforos o pasos habilitados. Solo ahí tiene prioridad. Pero eso tampoco significa que el conductor mande siempre: si hay paso peatonal o semáforo, le toca ceder. No acelerar. No tirar el carro. No jugar al “pasa si te atreves” o “quítate que voy yo”.

El problema es que aquí cada quien interpreta la vía según su apuro.

Hay conductores que ven el paso de cebra como decoración urbana. Otros creen que prender las intermitentes les da patente de corso: parar donde sea, bloquear, invadir, estorbar y hacer lo que les da la gana, pero con luces. Y también hay peatones que se tiran por cualquier punto como si tener la razón los protegiera, al menos, del accidente.

Porque hay una verdad más seria que cualquier discusión legal: la física no debate. Un carro contra un cuerpo no termina en empate.

Y los datos lo dejan claro. Entre 2014 y 2018 se registraron 2 mil 81 muertes por accidentes de tránsito en Panamá, y 927 fueron peatones: 44% del total. En 2016 representaron 45.2% de las víctimas fatales.

No era solo un problema de hace una década. En 2024 se registraron más de 275 muertes por siniestros viales en el país. Las causas se repiten: exceso de velocidad, distracción, irrespeto a los pasos peatonales y una infraestructura urbana que sigue tratando al peatón como si no existiera.

Y ahí está la otra parte del problema. No todo se explica por imprudencia individual. También está la ciudad: aceras rotas, cruces mal ubicados, avenidas larguísimas sin pasos cercanos, paradas que obligan a cruzar a la buena de Dios, puentes lejanos o inseguros, calles mal iluminadas. Muchas veces el peatón no cruza mal por gusto, sino porque la ciudad fue diseñada como si caminar fuera una rareza.

Eso no lo exonera. Pero sí deja claro que el problema no es de una sola cabeza.

Por eso la discusión sobre quién tenía el derecho de vía suele empezar mal. Eso no se decide por coraje, apuro ni bocina. Depende de dónde y cómo se cruza. No es “yo pensé que”. Es una regla.

La prioridad existe. La ley la define. La ciudad debería facilitarla y la autoridad hacerla cumplir. Pero aquí casi nadie quiere ceder, y la infraestructura tampoco ayuda. Por eso la discusión sobre quién tenía la razón suele llegar tarde: contra la física, el argumento pierde.

Por: Flor Mizrachi
Periodista

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