03/15/26

La indigencia que miramos de reojo. | Sin Permiso

En Panamá hay algo que no se puede esconder: hay más personas viviendo en la calle. Las vemos en semáforos, aceras, parques y avenidas. Y mientras la escena se vuelve costumbre, también se repite la frase cómoda de siempre: “llévenselos”.

¿Llevárselos a dónde? ¿Por qué? ¿Por dormir en una acera? ¿Por pedir plata en una luz roja? Estar en la calle no es delito. Y ese es el primer choque con la realidad: la indigencia no se va a resolver quitando gente de la vista.

Las cifras, además, muestran que ni siquiera estamos mirando el problema con la misma regla. La Alcaldía de Panamá informó en 2025 que había identificado 612 habitantes de calle en la capital. Después reportó haber contactado a 746 personas en situación de calle en un año: 93% hombres y cerca de 90% con adicciones a drogas o alcohol. El MIDES, por su parte, citó el Censo de Población y Vivienda para hablar de 374 personas en situación de calle en la ciudad de Panamá. No es que una cifra desmienta a la otra; probablemente miden personas censadas, identificadas o contactadas. Pero ahí también está el problema: si ni siquiera logramos contar a las personas, difícilmente vamos a tratarlas bien.

Y tampoco todo cabe en la misma bolsa. El Acuerdo No. 14 de 2017 define a la persona en situación de calle como quien habita o pernocta regularmente en espacios públicos o en lugares que no constituyen vivienda ni hospedaje temporal. Y esa misma norma habla de atención integral, reinserción, tratamiento y censos. Es decir: ni todo el que aparece en un semáforo está en la misma situación, ni la respuesta legal es simplemente recoger gente para despejar la acera.

Aquí no estamos viendo solo pobreza. Estamos viendo adicciones, salud mental desatendida, abandono y vidas que se fueron rompiendo hasta terminar en la calle. Pero sería demasiado fácil echarle toda la culpa a la droga. Hay un fondo social más grande: desigualdad, empleo precario e informalidad. Mucha gente trabaja, sí, pero vive al día, sin red, sin ahorro y sin margen para aguantar otro golpe. Y cuando la vida se descarrila, la caída suele ser más rápida de lo que al resto le gusta admitir.

En el debate público, por un lado, se repite que el Estado no hace nada, y del otro se actúa como si fuera un problema de ornato. La Constitución obliga al Estado a promover asistencia y rehabilitación para quienes carecen de recursos, incluyendo a los indigentes, y también le impone una política de vivienda para los sectores de menor ingreso. Pero incluso ahí hay límites claros: no se puede retener indefinidamente a alguien solo por ser pobre, estar mal o incomodar. Entonces podremos mover de esquina el problema, si queremos, pero hasta ahí.

Entonces, ¿qué sí sirve? Ayuda una comida. Ayuda un baño. Ayuda una cama. Pero una noche bajo techo no reconstruye una vida rota. El MIDES informó en 2025 que el Centro de Atención Integral para personas en situación de calle tendría capacidad para 250 personas, con enfoque en recuperación, desintoxicación, reinserción social y acompañamiento psicosocial incluso después del egreso. Eso suma. Pero también deja claro algo básico, y es que sin tratamiento, salud mental, seguimiento y alguna salida de vivienda, el alivio dura poco.

Y eso tampoco es teoría. En otros países ya hay experiencias que muestran que la calle no se reduce con barridas, sino con política pública seria. Finlandia ha logrado reducir la falta de vivienda con una estrategia de largo plazo basada en Housing First: primero vivienda estable; después, tratamiento y acompañamiento. Houston mostró que una respuesta coordinada entre autoridades y organizaciones, con acceso real a vivienda permanente, puede reducir de forma importante la cantidad de personas viviendo en la calle. No hay magia ahí. Hay decisión, continuidad y enfoque. La lección es bastante clara: lo que cambia la historia es vivienda, tratamiento, seguimiento y tiempo.

Y esto tampoco es solo un problema de la capital. El MIDES reportó recientemente un censo interinstitucional en Chiriquí para mejorar la respuesta a personas en situación de calle. Eso confirma que el fenómeno está activo.

Sí, la indigencia impacta. Sí, a veces da miedo. Sí, deteriora espacios públicos. Todo eso es verdad. Pero esa persona que hoy vemos tirada en una esquina no apareció ahí de la nada. Llegó después de perder casa, trabajo, salud, vínculos, tratamiento y rumbo. Y solo cuando ya tocó fondo, el país decide verla.

Ese es el verdadero retrato: no solo que haya más personas viviendo en la calle, sino que nos resulta más fácil pedir que las quiten que preguntarnos por qué sigue cayendo más gente ahí. La indigencia no afea la ciudad. La desnuda.

Por: Flor Mizrachi
Periodista

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